Niñas con velo. Lo que dió de sí «el recato»

 

De niñas nos enseñaron «modales» por medio de una asignatura llamada Urbanidad que se completaba con la Formación del Espíritu Nacional. Las encargadas de impartir estas clases eran «Señoras de La Falange»

Nos enseñaban unos modales que cumplíamos de mala gana, como el de levantarse cuando entrara cualquier profesor en clase y cosas por el estilo.

Pero lo que realmente ocupaba a las monjas y sacerdotes que nos adoctrinaban en Religión y Catecismo era enseñarnos «el recato».

Ir a la Iglesia siempre bien cubiertas, con manga larga y si era verano con media manga o corta (la mamá me hacía los vestidos con mangas de farol para que yo no protestase). De ninguna manera un vestido de tirantes, eso era casi pecado mortal. Los pantalones no es que los prohibiesen, no hacía falta porque aún no los habíamos visto.

La cabeza cubierta con el velo. ¡Ay la que se olvidase del velo!

El velo de tul negro, rectangular, lo sujetábamos a la cabeza con un alfiler. También los había redondos y entonces los llamábamos mantillas.

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Velo en la Capilla del Colegio, velo en la Parroquia de San Francisco los Domingos. Luego contábamos con el velo blanco, largo, almidonado y sujeto al cuello con unas cintas. Ponérselo era obligado  los días de gran fiesta como el día del Santo Ángel, la Ascensión o la Inmaculada. También lo usábamos en el mes de Mayo, el mes de las flores y de la Virgen,en que por las mañanas antes de entrar en clase rezábamos recorriendo el patio el Rosario de La Aurora.

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Ya sé que todo esto sólo la que lo vivió lo puede comprender. Eran normas de obligado cumplimiento.

Dejamos el colegio para hacer Preu en el Instituto y allá se quedaron abandonados todos los velos y para cuando llegamos a la Universidad de Navarra (Opus) nos negábamos a asistir a la asignatura de Teología que imponían como obligatoria.

Ya no hubo más velos porque no hubo más Misas.

¿Cómo de aquellas recatadas niñas han brotado estas jóvenes que ahora se cubren con largas faldas y túnicas indias? No, no es por recato sino porque son hippies.

Ahora para meditar ya sobran los bancos de la iglesia, sobran ya hasta los del parque porque lo que nos gusta es sentarnos, sin recato, sobre el césped del Campus y ahí leer o tricotar o simplemente observar.

Ya  hacemos todo lo que las mujeres se supone que no debemos hacer: fumamos, rubio o negro, ya da igual; leemos a Wilhelm Reich y su «Revolución sexual»; llevamos pantalones si nos da la gana y hablamos mucho del «amor libre» aunque estamos bien lejos de ponerlo en práctica.

Nuestras canciones son las de Bob Dylan, Joan Baez, Simon y Garfunkel o Paco Ibañez, está en auge la música suramericana y escuchamos a los Calchakis y también a Georges Moustaki.

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Nos interesan otras religiones sobre todo las que allá en Oriente, preferentemente en la India, postulan  la paz,el contacto con la naturaleza, el panteismo, la meditación, el yoga…

¡Ah! Definitivamente nos gustan los chicos.

Ya no cantamos con voz templada «El Aleluya» sino «el Gracias a la vida» de Joan Baez.

Hay guerra en Vietnam, en el Sinaí pero nosotras queremos la paz

 

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Pizarra y pizarrín

 

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Hace unos días en una comida familiar y ante la dentera que nos daba el uso inadecuado de unos cubiertos empecé yo a recordar. ¡Cómo no!

Les explicaba a los jóvenes que lo que daba realmente una dentera horrible era el uso del pizarrín. Todos me miran. ¿Eso qué era?

Pues sí, pizarra y pizarrín. Cuando empezábamos al colegio, que no era tan pronto como ahora sino en torno a las 5 años, no nos mandaban con mochila tuneada de lindos colores y repleta de pinturas, estuche y cuadernos varios. No. A la escuela se iba con pizarra y pizarrín. Andamos por el año 1956, ahí es nada.

La pizarra era eso, una pequeña pizarra enmarcada en madera y con una argollita en el lateral de la que colgaba el borrador.

Para escribir sobre ella, el pizarrín, que podía ser duro (éste es el que daba una dentera de cuidado) o el más blandito que llamábamos » de manteca». Estos pizarrines se vendían en las librerías. Yo muchas mañanas antes de ir al cole tenía que pasar por la de la Avda. de Franco, hoy Baja Navarra, a comprar pizarrín porque se me rompía, lo perdía.

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Con pizarra y pizarrín a escribir palotes, letras y números y a borrar con el borradorcito o con saliva y un trapo que también era un gran método.

No recuerdo bien cuántos cursos estábamos con el pizarrín, un año por lo menos y luego ya pasábamos al cuaderno de dos rayas en las que debíamos encajar las letras y el de Caligrafía que era la mayor de las torturas.

Así que por la mañana guardabas en la cartera la pizarra, el pizarrín, los correspondientes juegos del momento: los cromos, la cuerda o las tabas y el almuerzo.

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Aquella cartera marrón o negra, sin concesiones al color guardaba en su interior un olor inconfundible que reconocería entre mil.

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Con tan humilde equipo salías hacía el colegio pisando contenta los charcos y sin mojarte los pies porque calzabas unos sufridos zapatos Gorila.

El pizarrín era rudimentario y qué decir de aquel cuarteado y mortecino mapa de la Península en el que las Cordilleras se llamban Carpetana y Oretana, las regiones Castilla la Vieja y Castilla la Nueva. Creo que a día de hoy lo único que no ha cambiado de aquel mapa son los nombres de los ríos.

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Claro que tampoco nadie sabe lo que es un pizarrín a no ser que ante esta palabra se pongan ojos pícaros y se piense en otra «cosita»: «el pizarrín»

 

Fenómeno » Fan «

 

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En mi infancia nunca fui «fan» de nadie, ni de Marisol, ni Rocío Durcal, ni de Raphael que eran los ídolos de aquellos tiempos.

Sólo cuando empecé a ir al cine en serio me fui enamorando de Omar Shariff en Dr. Zivago, de Paul Newman cuya trayectoria he seguido sin perderme una de sus películas y cómo no de Steve Mc Queen.

Ahora, a mis 63 años, me encuentro con que, como si fuera una adolescente, me he hecho «fan » de un actor que encandila mis sueños. Paula y mis hijos ríen al descubrir esta nueva faceta mía.

Todo ha venido a raíz de incorporar unos cascos a mi portátil y permitirme el lujazo de ver en TVE a la carta la serie completa de «Isabel».

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Claro que históricamente me ha interesado y ya me he leído varias biografías de Isabel, la mejor la de Tarsicio Azcona que me la compré en La Casa del Libro, cuando estuve en febrero en Barcelona.

En honor a la verdad lo que más me encandila de esta serie son las lisonjas que se dedican los protagonistas y aún sabiendo que no es cierto no me canso de ver una y otra vez  la escena en que se conocen o las ternuras que Fernando dedica a Isabel e incluso la ira de Fernando cuando dice «Soy un hombre»

Mientras tanto el mismo actor ha protagonizado una serie que me ha gustado muchísimo: El Ministerio del Tiempo y ahí ando yo en las redes siguiendo a este hombre de tierna mirada y acariciantes palabras: Rodolfo Sancho.

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Porque esta es la cuestión, me he hecho «fan» de Rodolfo Sancho.

¡ A la vejez viruelas !

 

Radio y Televisión

 

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En la calle Olite no había televisión sino una enorme radio Telefunken en la que escuchábamos desde las canciones dedicadas o los seriales, hasta los programas de entretenimiento como «Matilde Perico y Periquín» y cómo no lo que llamábamos «el parte» cuyo nombre, heredado de los partes de guerra, y su musiquilla característica daba entrada a las noticias.

Radio. Matilde, Perico y Periquín

Todos los niños de aquella época recordamos los nombres de París, Londres, Berlín y de otras grandes ciudades inscritos sobre el cristal de la radio pero en mi casa por más vueltas que diéramos a la ruedecita no llegábamos más que a sintonizar Radio Requeté ( estábamos en Pamplona) , Radio Nacional, o Radio Popular.

Cuando por un empacho o unas anginas no iba al cole, escuchaba desde la cama por la mañana «las canciones dedicadas» que a la mamá le encantaban y las tarareaba contenta mientras trajinaba en la cocina. Así yo también me aprendí : Amapola, Por el camino verde, Están clavadas dos cruces y un largo etcetera.

Aún hoy en día me sé de cabo a rabo la letra y melodía de todas aquellas canciones.

A las tardes emitían cuentos infantiles, algunos inolvidables como Garbancito o el Gato con Botas. Una delicia de escuchar. No hace muchos años en su programa «Clásicos Populares» Fernando Argenta en los días navideños se daba el gustazo de emitir estos cuentos y a mí casi se me caían las lágrimas al volverlos a escuchar 50 años después.

Ya adolescente y cuando ayudaba a la mamá en «el cuarto pequeño» mientras cosía escuchábamos la radio, ya transistor. Ella seguía el denostado programa de los consejos de Elena Francis o las radionovelas como «Ama Rosa». Sin comentarios. Toda la ideología del nacionalcatolicismo allí metida. Yo entonces con 15 o 16 años ya las cazaba al vuelo y le decía a la mamá que de aquello «ná de ná», todo basura.

Cuando empezó a llegar la televisión a Pamplona nosotros tardamos en comprarla e Iñaki y yo resolvíamos esta carencia yendo los sábados y domingos al chalet de los Turrillas donde veíamos nuestra serie favorita: Rin Tin Tin.

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La tele era en blanco y negro, sólo emitía por la tarde-noche, una única cadena y lo que con más frecuencia aparecía en pantalla era la odiada «carta de ajuste».

A la calle Olite la televisión llegó creo que en los 60 cuando yo ya tenía nueve años. Se entronizó en el comedor y ya comenzó el tema de hasta qué hora podían quedarse los niños viendo la tele.

El programa infantil de entonces era «Las marionetas de Herta Frankel y su perrita Marilin». A mí no me gustaba nada este programa y lo que prefería eran las series como Bonanza, el Virginiano, Perry Mason, El Fugitivo

Con los años llegaron «El superagente 86» con el que te reías un rato y «Belfegor el fantasma del Louvre» serie de miedo que nos tenía a todas aterrorizadas. También llegaron los odiosos dos rombos que indicaban que el programa era para mayores de 18 años y entonces sin solución a la cama.

Pero la televisión no desalojó a la radio siempre omnipresente en aquella casa aunque con los años ya desapareció la Telefunken y llegó la radio transistor.

Yo he seguido fiel a la radio. Radio Clásica para escuchar a Paula. La SER como el soniquete de mi vida.

Cuando viajo me llevo un transistor carraca como los que usaba la tía Feli y a la noche, alé, hasta dormir a escuchar «El larguero» y «Hablar por hablar».

Y canto, canto » por el camino verde, camino verde que va a la ermita…..» y me acuerdo de la mamá, tanto como me estoy acordando de ella ahora al escribir estas lineas y evocar aquellas tardes de complicidad en «el cuarto pequeño».

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Hacer punto/ Tricotar

 

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Desde que en los albores de setiembre se anuncia el otoño fluye por mi sangre el deseo de tricotar.

Pienso posibles modelos, veo lanas, cada día más bonitas, hasta que por fin me decido, compro los ovillos y manos a la obra.

Nunca tricoto para mí sino para mis familiares o amigos que con paciencia ven mis diseños, se dejan tomar medidas y ante la obra terminada sonrien agradecidos, sea cual sea el resultado de mi trabajo. Puede que el jersey quede corto o las mangas muy largas. Vamos que en esto tampoco soy perfecta.

Hacer punto es algo que también está escondido en los rincones de mi infancia.

Ahora recuerdo.

Se hacía punto entonces no por hobby, como hago yo ahora, sino por necesidad.

La yaya hacía mucho punto pero no se pasaba como yo las tardes eligiendo lanas a cada cual más cara y bonita en la Casa de las Labores. Ella reciclaba.

Por ejemplo un jersey del papa que éste ya no usaba ella lo deshacía. Para este menester me necesitaba. Según lo iba soltando, en la cocina por supuesto, me colocaba a mí de pie con los brazos abiertos e iba colocando alrededor de ellos la lana que así formaba la madeja. Luego de esta madeja comenzaba a hacer los ovillos. Yo no me cansaba, al contrario, disfrutaba y observaba atentamente los distintos pasos del proceso.

Una vez obtenidos los ovillos comenzaba ya a tricotar un jersey para Iñaki o Patxi y la yaya sabía hacerlo sin estar como yo ahora consultando en la revista cuántos puntos de aumento o cuántos de mengua.

Claro, el resultado era un jersey abrigado, eso sí, nunca tan caprichoso como los que yo hago ahora, que son bonitos más que por mi buen hacer por la calidad y colorido de las lanas actuales.

Yo enseguida quise practicar y la yaya con paciencia y lanas viejas me inició en el manejo de las agujas. No era fácil para una niña, pero lo logré  y así empecé a hacer bufandas de punto bobo para las muñecas y cosas así.

A mí en realidad la fiebre «tricotadora» no me apareció hasta la Universidad, en mis tiempos «hippilondios». Bajaba a la Uni con mi gran capazo lleno de libros y junto a ellos el ovillo de lana y las agujas o el ganchillo. Lo primero que me hice fue un chal negro, que entonces se llevaban mucho, cuando vestíamos con blusones y largas faldas indias.

Allá acomodadas en el campus de la opusiana Universidad de Navarra, allí estábamos nosotras, las Maites y Loli tricotando nuestros chales,

Otras hacían  «labores» al parecer más eficaces como ligar con «los ricos» estudiantes árabes o suraméricanos de Artes Liberales.

En mi último curso de Universidad nació Paula y su llegada sí que estimuló mis ganas de tejer y encima me aparecieron las de coser.

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Con Paula estuve muy laboriosa, ya no eran sólo chaquetas, gorros y demás sino que también le cosía vestidos con nido de abeja. Recuerdo especialmente un vestido de cuadros verdes con nido de abeja rojo que quedo precioso y yo con la misma tela me hice otro igual. Bueno, de coser escribiré otro día.

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Luego pasé a Iñaki y Patxi a quienes confeccioné unos jerseys marrones con greca en el pecho muy bonitos.Para mí, excepto aquel chal nunca hice nada porque como soy tan calurosa la lana me ahoga.

Bueno sí, ya en San Sebastián me hice una chaqueta con toda una greca de jacquard que era una obra de arte.

Con la llegada de mis niños ya me solté la melena. Nada más saber de mi primer embarazo me puse a tricotar una mantita multicolor a punto de arroz . Quedó muy bonita aunque como en el embarazo estaba tan pánfila casi nace Pablo y yo con la mantita sin acabar.

Cuando Pablo tenía unos dos años le hice un jersey muy gracioso con un cocodrilo verde enorme. También le hice un conjunto de jersey y gorro en azul y blanco. Todos los modelos los heredó Dani y algunos los guardo, por si tengo nietos.

Me pregunto yo ahora cómo sacaba tiempo para atender dos niños, el trabajo, la casa y encima andar contando puntos en una labor que exigía bastante atención. Pues sí, podía. Descubría que la cabeza se me relajaba y mientras contaba puntos no recontaba otros problemas.

Ahora ya jubilada vuelvo a tricotar. No hay quién se libre de mis creaciones, desde Aitana a Dani o Paula. Disfruto eligiendo el modelo, escogiendo las lanas y luego mientras escucho la radio o veo la tele, que me interesa tan poco, vuelta a vuelta a la labor y mi cabeza vuela con pensamientos positivos y cuando tricoto no fumo.

Ay madre mía cuánto voy a tener que tricotar si quiero dejar de fumar.

 

Aquellas canciones de la infancia

Uno de los primeros juegos que aprendías en el cole o en el parque con otras niñas era «jugar al corro». Formábamos un círculo agarraditas de la mano cantando canciones que hasta el día de hoy están grabadas indeleblemente en mi memoria y que a lo largo de mi vida, cuando he tenido niños junto a mí, se las he cantado para jugar o para arrullarlos. La primera que aprendíamos cuando aún eramos tiernos infantes era: Al corroncho la patata

Al corroncho la patata
comeremos ensalada
como comen los señores
naranjitas y limones
alupe alupe
sentadita me quedé (aquí nos tirábamos al suelo )

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Cuando ya eramos un poco mayorcitas, sobre los 7 años que era cuando hacíamos la Primera Comunión y se suponía que era la edad del «uso de razón» nosotras seguíamos en los recreos en el patio «Jugando al corro» y cantando una canción inolvidable: El patio de mi casa

El patio de mi casa
no es particular
cuando llueve se moja
como los demás

agachate y vuelvete a agachar
que los agachaditos no saben bailar
h y j k m ñ l a que si tu no me quieres
otro amante me querrá

chocolate
molinillo
corre corre
que te pillo
correrás correrás
pero no me pillarás

Y seguía

Desde pequeñita me quedé
algo resentida de este pie
y aunque al andar yo soy una cojita
disimular que soy una cojita
disimular lo disimulo bien
con la punta de este pie.

 

Canciones para saltar a la cuerda

Al cocherito lere
me dijo anoche lere
que si quería lere
montar en coche lere

y yo le dije lere
con gran salero lere
no quiero coche lere
que me mareo lere.

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Canciones para cuando llovía

Que llueva que llueva
la Virgen de la Cueva
los pajaritos cantan
las nubes se levantan
que sí que no
que caiga un chaparrón
con azúcar y turrón
que se caigan los cristales
de la estación.

 

Luego estaban todas las canciones personalizadas en las que introducías el nombre de la niña protagonista. Por ejemplo:

La señorita Paula como es tan formal
lleva los gatos a Misa
los perros a confesar
que lo baile
que lo baile
que salga usted
que la quiero ver bailar
saltar y brincar
dar vueltas al aire
por lo bien que lo baila
la Pauli, sola en el baile.

( esta canción sólo se la oí cantar a la mamá)

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Otra que daba mucho juego era la de «Dónde están las llaves matarile rile rile» en la parte que decía:         

Quién irá a buscarlas matarile rile rile
quién irá a buscarlas matarile rile ron
irá Pablo a buscarlas matarile rile rile
irá Pablo a buscarlas matarile rile ron. Chis pon.          

Y qué oficio le pondremos matarile rile rile
y qué oficio le pondremos matarile rile ron.
le pondremos bombero matarile rile rile
le pondremos bombero matarile rile ron, Chis pon

Ese oficio sí le gusta matarile rile rile……

Y así sucesivamente hasta encontrar el oficio que al susodicho  niño le gustaba.

 

Estas canciones yo ya no las cantaba en el patio,  sino a mis niños para lograr que se durmieran la siesta, que nunca se la dormían o para entretenerles cuando se aburrían en los viajes. Hablo de tiempos en que los niños y los mayores perdíamos el tiempo cantando por ejemplo : «Ahora que vamos despacio vamos a contar mentiras» «por el mar corre la nieve, por el monte las sardinas»…..

Y es que entonces ni los niños viajaban con tablet, ni el coche tenía pantalla de televisión, ni para echarnos la siesta contábamos con un salón amueblado con confortables sillones desde los que ver tumbados cientos de posibles cadenas de dibujos animados, ¡en color!, ni tampoco los padres estábamos entretenidos enviando washapes.

Así que como todo era tan aburrido cantábamos a voz en grito en el patio del cole o en la Media Luna y muy quedito bajo el embozo de las sábanas, a ver si con suerte el niño se dormía.  

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Y de aquellos cantos estos sones

Febrerillo loco. San Valentín

 

SAN VALENTÍN

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Qué humilde era nuestra celebración del Día de los Enamorados por San Valentín.

Yo recuerdo que la primera y última vez que lo celebré fue el año que cursé Preu en el Instituto Príncipe de Viana.

Ya me había librado del maldito uniforme y vestía «de color». En el Instituto, todo eran novedades, las compañeras, los profesores, las aulas. Ese año tuvimos la suerte que las de Preu ocupamos como aula la Biblioteca que era una chulada, toda de madera y con escaleras para acceder a los libros más altos.

El día de San Valentín las chicas estábamos alborotadas porque por los alrededores del Instituto, en la Plaza la Cruz, se congregaban grupos de tunos cantando su consabido repertorio.

Para este día nosotras  previamente nos habíamos comprado en la mercería cintas de colores semejantes a las que colgaban de las capas de los tunos.

El objetivo era que ellos firmaran nuestras cintas y que nosotras osásemos firmar en la cinta de algún tuno, de preferencia guapo o simpático.

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Después nos juntamos, no recuerdo muy bien dónde, eso sí cerca de la Plaza de la Cruz, en un guateque, 1º de mi vida en el que estuve bastante tímida y parada.

Ya no hubo más celebraciones de San Valentín.

Para cuando entramos en la Universidad encontrábamos a los tunos «demodés» y pasábamos de sus actuaciones.

Como universitarias nos gustaban más los chicos de Derecho o Arquitectura que tenían otros encantos y no necesitaban ni capa, ni cintas, ni bandurrias y guitarra.

Ya nunca jamás he celebrado San Valentín, fiesta que en la actualidad tanto consumo incita.

 

 

Patxi

 

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Para cuando nació Francisco de Sales José, Patxi, o Kiko para los amigos yo ya tenía 10 años y más o menos sabía de dónde venían los niños.

Recuerdo la ilusión que me hizo cuando estando ayudando a la mamá en la cocina me dijo: «vas a tener un hermanito». Aquella confidencia fue para mí la prueba de que me estaba haciendo mayor.

Patxi nació un 29 de enero y para evitar los líos con el nombre, la mamá ya había decidido que le iba a poner el Santo del día que resultó ser entonces San Francisco de Sales. Pero cómo no la mamá sucumbió una más al hechizo de sus amados pasiegos y le añadió José. Así que una vez más otro hijo con más nombres que si fuera de estirpe real: Francisco de Sales José.

Fue un niño muy simpático y muy travieso. Las hacía buenas pero luego miraba con carita de bueno y le perdonabas.

Cómo no, se convirtió en el compañero de juegos de Iñaki y en la pesadilla de la yaya principalmente porque en la Media Luna no paraba de hacer trastadas.

Cuando veníamos a Donosti en excursión dominguera le costaba someterse a la austera economía familiar. El quería de todo: patatas fritas, helado…. y si no se lo compraban lloraba a moco tendido.

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Son inolvidables, creo que hay alguna foto, aquellas salidas de la playa, la mamá y yo cargadas de bolsas y Patxi llorando como un desconsolado por «¡ Quiero un helado!

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Con el paso de los años aparecieron sus asombrosas cualidades para «el negocio»

Entregaba de buena gana a las clientas las batas que confeccionaba la mamá con lo que conseguía alguna propinilla.

Instalaba los domingos en los Escolapios el carrito de las chuches y en Navidades ayudaba a montar el Belén, que era francamente bonito, con sus figuras móviles, la noria dando vueltas..En fin «un chico para todo»».

Cuando ya tuvo una edad, serían 16 años, buzoneaba toda la publicidad que el papá le daba y de ahí también sacaba algunos duros.

Claro que a un chico tan activo y emprendedor los estudios se le hacían un poco cuesta arriba.

Yo ya trabajaba en Donosti y cuando volvía el fin de semana me esperaban 2 encargos de la mamá: Lavar la cabeza a la Paulita                                                                                      Repasar Lengua con Patxi.

Lo de repasar Lengua era misión imposible porque mientras yo le pedía que buscase el Objeto Directo de la Oración principal, vete tú a saber en qué empresa estaba metida su cabeza. Yo me enfadaba, aunque no mucho,  porque los enfados con Patxi duraban poco.

Dejó de estudiar y pasó a trabajar con el papá en Publicidad, aprendiendo el oficio. Cualidades no le faltaban: don de palabra, simpatía.

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Febrerillo loco

 

Ya han pasado los Reyes, San Sebastián, se acerca Febrero con su cargamento de fiestas inolvidables.

Febrero era para mí un mes feucho, friolero, desabrido,  pero fue oportunamente bendecido con el nacimiento de mi hijo mayor, Pablo, un 10 de Febrero y desde entonces ,1983, ya es para mí un gran mes.

SAN BLAS

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El Santoral de este mes lo comienzo el día 3 con San Blas.

Hoy precisamente me ha llamado mi amiga Marian para recordarme la fecha.  En su pueblo, en Alava, su madre ¡ en el 2015 ! aún acude a la feria del Santo donde se bendicen alimentos y también unos cordones que oportunamente colocados en el cuello desde el día del Santo hasta el Miércoles de Ceniza te protegen, por intercesión del Santo claro, de las afecciones de garganta.

Le he vuelto a encargar un cordón, este año de color azul. Esa es nuestra liturgia. Se supone que dicho cordón protegerá mi garganta y voz tan machacadas por el tabaco.

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Ha sido la llamada de Marian la que me ha recordado las maravillas de Febrero,   muchas de las cuales he compartido durante largos años con ella.

En mi infancia pamplonica era también el mes de «los roscos de San Blas». Cuando se acercaba la fecha le llegaban a la yaya de su pueblo unos maravillosos paquetes  en cuyo interior metidos en cajas se apretujaban unos roscos buenísimos.

Con los roscos , otros dulces y frutas nos llevaba la yaya el día 3  a la Iglesia de San Nicolás donde el cura los bendecía. Una vez benditos ya los podíamos comer, como siempre con la supervisión de la yaya que era la administradora general de estos dulces.

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En los soportales de San Nicolás se colocaban puestos en los que se vendían además de rosquillas de anís, gallinas y otras figuras de chocolate.  Colgando de unas cuerdas se balanceaban los martillos y manzanas de caramelo rojo.

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Bueno, qué ilusión si te compraban por ejemplo una gallina de chocolate. Te quedabas admirándola en sus detalles y casi te resistías a comertela.

Aquellas bendiciones también protegían las gargantas pero yo mientras fui pequeña en lo que tenía fe era en el trajín y en los roscos.

Durante muchos años la festividad de San Blas sólo era un recuerdo de aquella infancia plagada de liturgias.

Desde  hace pocos años el 3 de febrero se anuncia por la proliferación de tortas y rosquillas de San Blas en las pastelerías.

Así que aquí estoy, esperando el cordón bendito y con la receta de las tortas y los ingredientes preparados.

Ahora soy yo la que por San Blas horneo tortas de anís, me cuelgo el cordón bendito y recuerdo con cariño a la yaya.

 

 

 

 

Calle Olite, 16, 3º izda. Pamplona

Aburrida de la gripe. Escribir me sienta mejor que el Termalgin.

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 Desde la habitación de los papás se accedía a este balcón que daba a la calle Olite.

Con el buen tiempo salíamos al balcón, a mirar, podía ser las mañanas de domingo para ver la animación de la calle cuando la gente iba a Misa a la iglesia de San Francisco.

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Podía ser las tardes de San Fermines para ver la entrada a los toros. La Plaza estaba muy cerca, al final de la calle.

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Cualquier día de labor hacia las 9 de la mañana podía asomar la mamá al balcón para decirles a los chicos, que se dirigían a los Escolapios, alguna de las frases propias de una madre. «No os peguéis», «No os metáis en los charcos», «Os habéis olvidado el bocadillo».

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En la acera de enfrente de la calle Olite yo tenía un admirador que tonteaba conmigo y yo me moría de risa cuando con un espejo se dedicaba a hacerme cucamonas.

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                                        Este es el balcón que daba al patio de manzana formada por la calle Olite, la Avda. de Franco (ahora Baja Navarra) y la calle Teobaldos.

Era el balcón de colgar la ropa. En las cuerdas de fuera cuando hacía buen tiempo, o en las de dentro si llovía. De sus paredes pendían los distintos barreños que se utilizaban para el remojo de la ropa en lejía, en azulete.

Los geranios eran el dominio de la yaya. Estaban colocados sobre un armario en el que guardaba juegos de café, tacitas de chocolate, copitas de licor. Ninguno de los juegos estaba completo pero a nosotros nos gustaba jugar con ellos, sobre todo a los chicos que abrían las puertas del armario, colocaban dos bancos delante y ya tenían instalada su barra de cafetería y ¡a servir!

Yo todavía tengo algunos restos de aquel tesoro: unas tazas de café adornadas con rosas y otras con escenas orientales. Las guardo con cariño, bueno no las guardo, las uso, porque guardadas han estado más de 50 años.

El mundo de los geranios yo no lo entendía pero la yaya se ocupaba de cubrirlos con plásticos cuando llegaban los fríos, destaparlos con la primavera, cortar las púas. Luego yo he aprendido bastante de geranios en Igúzquiza donde Andrés cuida con esmero los que adornan las ventanas de la casa.

La ventana del baño daba a este balcón y ahí asomaba yo a echar los humos de mis primeros cigarros.

También salía a este balcón a secarme el pelo al sol que me parecía era la mar de beneficioso para mi cabello.

A fuerza de estar en el balcón conocía bastante la vida de otros balcones y también había ligues de balcón a balcón. Sí, los chicos jóvenes no salían mucho al balcón, no tendían la ropa, ni cuidaban las plantas pero se sentaban oportunamente a estudiar cerca de la ventana y……

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Y es que yo, aunque las chicas estábamos llenas de complejos, a juzgar por las fotos……

Entre balcón y balcón, nuestra vida en un piso del que desconozco los metros cuadrados. Tanta vida hubo en él, en aquella cocina, en el comedor, que yo pensaba que era un piso grande para albergar tantas cosas y emociones.

 Me temo que si voy al Registro de la Propiedad me llevaré una sorpresa.